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Cómo derrotar a los terroristas
Salman Rushdie, El Mundo 05.10.01
En una columna anterior, hace ya más de un año, escribí: «La lucha que va a definir esta nueva era será la que habrá de librarse entre terrorismo y seguridad» (Terrorismo, la batalla del nuevo milenio, EL MUNDO, 14 de enero de 2000), y me mostré inquieto por la posibilidad de que vivir bajo los peores escenarios que pudieran plantearnos los expertos en seguridad podría suponer la rendición de muchas de nuestras libertades ante esos guerreros en la sombra pertenecientes a un mundo secreto. La democracia exige visibilidad, argüía yo entonces, y, en esa lucha entre terrorismo y seguridad, siempre deberíamos inclinarnos del lado de la libertad. El martes 11 de septiembre, sin embargo, se hizo realidad el peor de esos escenarios.

Han destrozado nuestra ciudad. Yo soy uno de los neoyorquinos más recientes pero, incluso como la gente que jamás ha puesto un pie en Manhattan, he sentido profundamente sus heridas, porque Nueva York es el corazón palpitante del mundo visible, cerrada en su forma de hablar pero capaz de deslumbrar a cualquier espíritu, «la ciudad de las orgías, los paseos y las alegrías» de Walt Whitman, su «orgullosa y apasionada ciudad, una ciudad briosa, enloquecida y extravagante». A esta brillante capital de lo visible, las fuerzas de lo invisible le han asestado un golpe terrible. No es necesario abundar en cuan terrible ha sido; lo hemos presenciado todos y a todos nos ha cambiado. Ahora debemos asegurarnos de que la herida no es mortal, de que el mundo de lo perceptible triunfa frente a ese otro que se esconde tras la clandestinidad y que sólo se puede percibir por los efectos de sus deleznables hazañas.

En el intento de hacer de nuestras sociedades libres un lugar seguro, incluso más seguro, frente al terrorismo, nuestras libertades civiles se van a ver inevitablemente comprometidas. Pero, a cambio de esa erosión parcial de nuestra libertad, tenemos el derecho de esperar que nuestras ciudades, nuestras aguas, nuestros aviones y nuestros hijos estén realmente mejor protegidos de lo que han estado hasta ahora. La respuesta de Occidente ante los ataques del 11 de septiembre será juzgada, en gran medida, tomando como referencia que la población comience a sentirse de nuevo segura en sus hogares, en sus lugares de trabajo y en sus vidas diarias en general. Esta es la confianza que todos hemos perdido y que ahora debemos recuperar.

Asunto siguiente: la cuestión del contraataque. Sí, tenemos que enviar a nuestros propios guerreros en la sombra a luchar contra los suyos y esperar que los nuestros ganen. Pero esta guerra secreta, tan sólo, no nos podrá llevar a la victoria. Necesitaremos también de una ofensiva pública, política y diplomática cuyo objetivo debe ser la pronta resolución de algunos de los problemas más espinosos del mundo: sobre todo, la lucha por el espacio, la dignidad, el reconocimiento y la supervivencia que mantienen entre sí Israel y el pueblo palestino. En el futuro, será preciso que haya una mayor claridad de juicio entre todas las partes implicadas. Y no más fábricas de aspirinas bombardeadas en Sudán, por favor.

Ahora que las cabezas mejor pensantes de América parecen haber entendido que sería un error bombardear a la empobrecida y oprimida población afgana como medida de represalia por las lamentables actuaciones de sus tiránicos jefes, esto mismo debería de ser de aplicación, retrospectivamente, a lo que se hizo al también empobrecido y oprimido pueblo de Irak. Ha llegado el momento de dejar de hacer enemigos y empezar a hacer amigos.

Y decir esto no supone, en absoluto, una adhesión a ninguna descalificación de América como las que se han hecho desde diferentes facciones de la izquierda y que no son otra cosa que una de las más desagradables consecuencias de los atentados terroristas contra Estados Unidos.«El problema de los americanos es que ... » o «Lo que América tiene que entender ... ». Después de los acontecimientos vividos, y alrededor de ellos, se ha producido todo un cúmulo de relativismo moral de lo más mojigato, usualmente precedido de frases como las anteriores.

A un país que acaba de sufrir el ataque terrorista más devastador de la historia, a un país en un estado de profunda postración y afectado por el dolor más horrible, se le está echando la culpa, de manera despiadada, por la muerte de sus propios ciudadanos.(«¿Nos merecemos esto, sir?» preguntaba recientemente un desconcertado trabajador de la zona cero a un periodista británico. A mí, por mi parte, me parece totalmente desconcertante la tan seria cortesía del tratamiento de sir).

Seamos claros respecto a por qué esa violencia bienpensante antiamericana no es más que una basura detestable. El terrorismo significa la muerte de personas inocentes; en esta ocasión, ha habido una matanza masiva. Intentar excusar una atrocidad de tal magnitud, echándole la culpa a la política del gobierno de Estados Unidos es negar la idea básica de toda clase de moralidad: que los individuos son los únicos responsables de sus propios actos. Además, el terrorismo no es la persecución de aspiraciones legítimas mediante el empleo de medios ilegítimos. El terrorismo se envuelve a sí mismo con un manto de reivindicaciones para camuflar sus verdaderas motivaciones. Cualesquiera que fueran los objetivos que los asesinos pretendieran alcanzar, parece muy improbable que se pueda incluir entre ellos la construcción de un mundo mejor.

Los fundamentalistas intentan derribar algo más que edificios. Esa gente está en contra, por hacer una breve lista de sus metas, de la libertad de expresión, del sufragio universal de la población adulta, de los gobiernos responsables, de los judíos, de los homosexuales, de los derechos de la mujer, del pluralismo, del secularismo, de las faldas cortas, del baile, del afeitado, de la teoría de la evolución y de la sexualidad.

Son tiranos, no musulmanes. (El Islam es extraordinariamente duro con los suicidas, a los que condena a repetir indefinidamente su muerte durante toda la eternidad. Sin embargo, se hace necesario que los musulmanes de todo el mundo analicen con rigor por qué la fe que tanto aman da lugar a tal cantidad de mutantes deformaciones y tan sumamente violentas. Si Occidente tiene que entender sus Unabombers y McVeighs, el Islam tiene que reconocer la realidad de sus Bin Ladens).

El secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, ha dicho que todos deberíamos definirnos a nosotros mismos no sólo por aquello de lo que estamos a favor, sino, también, por aquello a lo que nos oponemos. Yo le daría la vuelta a tal proposición porque, en los momentos actuales, todo aquello en contra de lo que estamos es de los descerebrados.

Unos asesinos suicidas lanzaron aeronaves de gran tamaño contra el World Trade Center y el Pentágono, matando a miles de personas; yo estoy en contra de eso. Pero, ¿a favor de qué estamos? ¿Qué tenemos que defender hasta el punto de arriesgar nuestras vidas en ello? ¿Podemos asegurar unánimemente que vale la pena morir por defender todo cuanto se mencionaba en la lista anterior (sí, incluso las faldas cortas y el baile)?

Los fundamentalistas creen que nosotros no creemos en nada. En su propia visión del mundo, tienen certezas absolutas, mientras que nosotros nos sumergimos en nuestras indulgencias sibaríticas. Para demostrarles que están equivocados, lo primero que tenemos que hacer es saber que están equivocados. Debemos estar de acuerdo en lo que importa: besarse en sitios públicos, comer bocadillos de bacon, estar en desacuerdo con otros, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, la distribución más equitativa de los recursos del mundo, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza y el amor. Estas serán nuestras armas. No haciendo la guerra, sino eligiendo sin temor alguno nuestra propia forma de vivir, será como los derrotaremos.

¿Cómo podemos derrotar al terrorismo? No aterrorizándonos. No permitiendo que el temor gobierne nuestras vidas. Incluso si estamos atemorizados.