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En una columna anterior, hace ya más de un año,
escribí: «La lucha que va a definir esta nueva era
será la que habrá de librarse entre terrorismo y
seguridad» (Terrorismo, la batalla del nuevo
milenio, EL MUNDO, 14 de enero de 2000), y me mostré
inquieto por la posibilidad de que vivir bajo los
peores escenarios que pudieran plantearnos los
expertos en seguridad podría suponer la rendición de
muchas de nuestras libertades ante esos guerreros en
la sombra pertenecientes a un mundo secreto. La
democracia exige visibilidad, argüía yo entonces, y,
en esa lucha entre terrorismo y seguridad, siempre
deberíamos inclinarnos del lado de la libertad. El
martes 11 de septiembre, sin embargo, se hizo
realidad el peor de esos escenarios.
Han destrozado nuestra ciudad. Yo soy uno de los
neoyorquinos más recientes pero, incluso como la
gente que jamás ha puesto un pie en Manhattan, he
sentido profundamente sus heridas, porque Nueva York
es el corazón palpitante del mundo visible, cerrada
en su forma de hablar pero capaz de deslumbrar a
cualquier espíritu, «la ciudad de las orgías, los
paseos y las alegrías» de Walt Whitman, su
«orgullosa y apasionada ciudad, una ciudad briosa,
enloquecida y extravagante». A esta brillante
capital de lo visible, las fuerzas de lo invisible
le han asestado un golpe terrible. No es necesario
abundar en cuan terrible ha sido; lo hemos
presenciado todos y a todos nos ha cambiado. Ahora
debemos asegurarnos de que la herida no es mortal,
de que el mundo de lo perceptible triunfa frente a
ese otro que se esconde tras la clandestinidad y que
sólo se puede percibir por los efectos de sus
deleznables hazañas.
En el intento de hacer de nuestras sociedades libres
un lugar seguro, incluso más seguro, frente al
terrorismo, nuestras libertades civiles se van a ver
inevitablemente comprometidas. Pero, a cambio de esa
erosión parcial de nuestra libertad, tenemos el
derecho de esperar que nuestras ciudades, nuestras
aguas, nuestros aviones y nuestros hijos estén
realmente mejor protegidos de lo que han estado
hasta ahora. La respuesta de Occidente ante los
ataques del 11 de septiembre será juzgada, en gran
medida, tomando como referencia que la población
comience a sentirse de nuevo segura en sus hogares,
en sus lugares de trabajo y en sus vidas diarias en
general. Esta es la confianza que todos hemos
perdido y que ahora debemos recuperar.
Asunto siguiente: la cuestión del contraataque. Sí,
tenemos que enviar a nuestros propios guerreros en
la sombra a luchar contra los suyos y esperar que
los nuestros ganen. Pero esta guerra secreta, tan
sólo, no nos podrá llevar a la victoria.
Necesitaremos también de una ofensiva pública,
política y diplomática cuyo objetivo debe ser la
pronta resolución de algunos de los problemas más
espinosos del mundo: sobre todo, la lucha por el
espacio, la dignidad, el reconocimiento y la
supervivencia que mantienen entre sí Israel y el
pueblo palestino. En el futuro, será preciso que
haya una mayor claridad de juicio entre todas las
partes implicadas. Y no más fábricas de aspirinas
bombardeadas en Sudán, por favor.
Ahora que las cabezas mejor pensantes de América
parecen haber entendido que sería un error
bombardear a la empobrecida y oprimida población
afgana como medida de represalia por las lamentables
actuaciones de sus tiránicos jefes, esto mismo
debería de ser de aplicación, retrospectivamente, a
lo que se hizo al también empobrecido y oprimido
pueblo de Irak. Ha llegado el momento de dejar de
hacer enemigos y empezar a hacer amigos.
Y decir esto no supone, en absoluto, una adhesión a
ninguna descalificación de América como las que se
han hecho desde diferentes facciones de la izquierda
y que no son otra cosa que una de las más
desagradables consecuencias de los atentados
terroristas contra Estados Unidos.«El problema de
los americanos es que ... » o «Lo que América tiene
que entender ... ». Después de los acontecimientos
vividos, y alrededor de ellos, se ha producido todo
un cúmulo de relativismo moral de lo más mojigato,
usualmente precedido de frases como las anteriores.
A un país que acaba de sufrir el ataque terrorista
más devastador de la historia, a un país en un
estado de profunda postración y afectado por el
dolor más horrible, se le está echando la culpa, de
manera despiadada, por la muerte de sus propios
ciudadanos.(«¿Nos merecemos esto, sir?» preguntaba
recientemente un desconcertado trabajador de la zona
cero a un periodista británico. A mí, por mi parte,
me parece totalmente desconcertante la tan seria
cortesía del tratamiento de sir).
Seamos claros respecto a por qué esa violencia
bienpensante antiamericana no es más que una basura
detestable. El terrorismo significa la muerte de
personas inocentes; en esta ocasión, ha habido una
matanza masiva. Intentar excusar una atrocidad de
tal magnitud, echándole la culpa a la política del
gobierno de Estados Unidos es negar la idea básica
de toda clase de moralidad: que los individuos son
los únicos responsables de sus propios actos.
Además, el terrorismo no es la persecución de
aspiraciones legítimas mediante el empleo de medios
ilegítimos. El terrorismo se envuelve a sí mismo con
un manto de reivindicaciones para camuflar sus
verdaderas motivaciones. Cualesquiera que fueran los
objetivos que los asesinos pretendieran alcanzar,
parece muy improbable que se pueda incluir entre
ellos la construcción de un mundo mejor.
Los fundamentalistas intentan derribar algo más que
edificios. Esa gente está en contra, por hacer una
breve lista de sus metas, de la libertad de
expresión, del sufragio universal de la población
adulta, de los gobiernos responsables, de los
judíos, de los homosexuales, de los derechos de la
mujer, del pluralismo, del secularismo, de las
faldas cortas, del baile, del afeitado, de la teoría
de la evolución y de la sexualidad.
Son tiranos, no musulmanes. (El Islam es
extraordinariamente duro con los suicidas, a los que
condena a repetir indefinidamente su muerte durante
toda la eternidad. Sin embargo, se hace necesario
que los musulmanes de todo el mundo analicen con
rigor por qué la fe que tanto aman da lugar a tal
cantidad de mutantes deformaciones y tan sumamente
violentas. Si Occidente tiene que entender sus
Unabombers y McVeighs, el Islam tiene que reconocer
la realidad de sus Bin Ladens).
El secretario general de las Naciones Unidas, Kofi
Annan, ha dicho que todos deberíamos definirnos a
nosotros mismos no sólo por aquello de lo que
estamos a favor, sino, también, por aquello a lo que
nos oponemos. Yo le daría la vuelta a tal
proposición porque, en los momentos actuales, todo
aquello en contra de lo que estamos es de los
descerebrados.
Unos asesinos suicidas lanzaron aeronaves de gran
tamaño contra el World Trade Center y el Pentágono,
matando a miles de personas; yo estoy en contra de
eso. Pero, ¿a favor de qué estamos? ¿Qué tenemos que
defender hasta el punto de arriesgar nuestras vidas
en ello? ¿Podemos asegurar unánimemente que vale la
pena morir por defender todo cuanto se mencionaba en
la lista anterior (sí, incluso las faldas cortas y
el baile)?
Los fundamentalistas creen que nosotros no creemos
en nada. En su propia visión del mundo, tienen
certezas absolutas, mientras que nosotros nos
sumergimos en nuestras indulgencias sibaríticas.
Para demostrarles que están equivocados, lo primero
que tenemos que hacer es saber que están
equivocados. Debemos estar de acuerdo en lo que
importa: besarse en sitios públicos, comer
bocadillos de bacon, estar en desacuerdo con otros,
la última moda, la literatura, la generosidad, el
agua, la distribución más equitativa de los recursos
del mundo, las películas, la música, la libertad de
pensamiento, la belleza y el amor. Estas serán
nuestras armas. No haciendo la guerra, sino
eligiendo sin temor alguno nuestra propia forma de
vivir, será como los derrotaremos.
¿Cómo podemos derrotar al terrorismo? No
aterrorizándonos. No permitiendo que el temor
gobierne nuestras vidas. Incluso si estamos
atemorizados. |